En algunos momentos de la vida, nos ponemos a pensar si realmente nuestra vida vale la pena. Si seguir adelante, salir a la calle, seguir trabajando y moviéndonos por nuestros objetivos es algo que realmente lo valga. Por muchos momentos me he sentido así, sobre todo este año. Pero siempre escuché la frase "encontra una motivación"
Y la encontré.
Después de buscar por mucho tiempo, encontré cual es la motivación que logra que me levante por las mañanas con ganas de seguir, de moverme, de no entregarme al destino y que sea lo que tenga que ser. Mi vocación. Mis estudiantes. Mis pequeños, mis grandotes, mis todo. Verlos crecer, escuchar sus ocurrencias, volver por un momento a ser una niña y disfrutar de estar con ellos. Aunque por momentos me hagan renegar mucho, y me hagan enojar, son mis chiquitos, de todas las edades y tamaños.
No hay día que no reniegue de mi trabajo, o de las tareas que conlleva. Pero no desde un punto en el cuál diga "Quiero cambiar de trabajo", porque realmente no sé que haría si no estuviera frente a un aula.
Hace un tiempo un estudiante me preguntó que haría si no fuera docente, y no supe que responder. Más tarde, hablando con mi psicólogo, me comentó que cuando no tengo respuesta a esa pregunta, es porque estoy en el lugar correcto. Y es ahí donde me convencí que por más que reniegue, me enoje, me frustre, me canse, este trabajo, la docencia, el estar frente a un aula, compartir con niños, niñas y adolescentes, es el lugar donde siempre tuve que estar.
Y hubo una sola persona que lo supo antes que nadie. Mi papá.
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