Durante muchos años consideré que las malas experiencias que había tenido con hombres, se correspondían con que no eran las personas correctas para mí, o quizás las personalidades no eran compatibles. También he llegado a creer que no era lo suficientemente madura como para adentrarme en ciertas situaciones, al no saber manejar las consecuencias de las mismas, o bien, no saber como reaccionar ante algunos conflictos que desafiaban mi estabilidad.
Por eso es que hoy, 17 de noviembre de 2024, ocho años y medio después aproximadamente, me siento con la capacidad y madurez de poder contar lo que me dio vueltas por mucho tiempo en la cabeza, y recién este año pude enfrentar.
Para poner un poquito de contexto, vamos a empezar con los días previos.
Fin de semana, salida con amigos a esos bares donde tocan bandas indie locales de amigos que vas a alentar como si fueran los Rolling Stones, porque tocan tus canciones favoritas con alguna que otra mal pronunciación del idioma, pero los perdonas porque el amor todo lo puede. Charlando con amigos, cruzando miradas, ahí estaba el ser que iba a destruir mi psiquis y mi estabilidad hasta el día de hoy.
Con unos ojos celestes que congelaban el tiempo. Una sonrisa un poco engañosa, ficticia, sin ser sonrisa en sí misma. Una altura y un cuerpo prominente, que lo hacían sobresaltar en tumulto de gente que se amontonaba cada vez más porque se venía el número principal en el escenario.
A los minutos, sentí que me vibró el celular. Era el muchacho de los ojos penetrantes. "Hola, te vi y me gustaste." Quedé atónita. Sin poder contestar. Sin poder reaccionar de otra manera que no sea sacudir a mi amiga y decirle "BOLUDA MIRÁ". Ya de por sí debería de haber sentido que era un mal síntoma el que un chabón que ni siquiera conocía el nombre, consiga mi número de teléfono de manera casi inmediata. Después de debatir con mi amiga (porque obvio, siempre se debate con las amigas qué se contesta, cómo se contesta, y sobre todo A QUIÉN SE LE CONTESTA), decidí ignorar el "ni se te ocurra contestarle, tiene cara de psico" y le contesté. Primer error. Grave error. Comenzó un intercambio de mensajes comunes entre dos personas que se empiezan a conocer, que empiezan a demostrar con emojis, miradas y "jaja" al final de los mensajes, que hay algo de atracción.
A los pocos días de intercambiar mensajes, surgió la primer "cita". Una inocente vuelta que terminó en su casa, tomando cerveza traída del exterior, con sabor a mandarina. No fue muy agradable a mi gusto, pero estaba probando algo nuevo. Retomando del principio, dato que omití: hacía unos meses había salido de una relación extremadamente tóxica, y lo que la Maqui de tan sólo 22 añitos quería era un poco de atención y amor.
No pasó absolutamente nada, ni siquiera un beso. Vuelta va, vuelta viene, me retiro de su casa, encaminando a la mía. Demás aclarar que entre cuadra y cuadra iba intercambiando mensajes de texto con mis amigas contándoles la situación y lo agradablemente cómoda que me había sentido. Una salida con un hombre, atractivo, que no había realizado insinuación alguna hacía mí, más que charlas y compartir una cerveza, me había descolocado emocional y mentalmente. Una a los 22 años está acostumbrada a que después de la cerveza, pasen cosas, porque así son los pibes de la edad. Pero no, este muchacho de 30 y monedas (nunca supe bien su edad, y si la supe, en este momento no la recuerdo con exactitud, pero sí recuerdo que era mucho más mayor que yo).
A los pocos días, vuelve a suceder un encuentro, esta vez la excusa era ver El señor de los Anillos, (mi película favorita - tampoco nunca supe como lo descifró). Y ahí es donde la cosa se empezó a poner un poco rara. Soy una persona súper cinéfila, que no juega cuando hay una película enfrente de ella, y convengamos que si sus intenciones eran que suceda algo más, su elección fílmica no fue acertada, ya que la misma película dura casi tres horas, y son tres horas en las que mi mente sólo se enfoca en repetir diálogos, buscar detalles que no haya visto con anterioridad, etc. A los pocos minutos de comenzada la película, sentados en un futón negro, pone su gigantesco brazo sobre mis hombros, simulando un abrazo, que hoy en día lo siento como un símbolo de "apropiación" sobre mi cuerpo y persona. Con su no tan pequeña mano, comenzó a querer acercarse a lugares donde claramente con mis manos y movimientos iba evitando. Hasta que en un momento, no sé por qué, ni cómo sucedió, me tenía en brazos, con la boca tapada, llevándome a su habitación. Ante las reiteradas "me tengo que ir", "hoy no, mañana tengo que madrugar para viajar", "bajame por favor", no me di cuenta que estaba ya sin ropa, acostada su cama, y con su brazo izquierdo sosteniendo mis brazos sobre mi cabeza. Es un vacío que al día de hoy no puedo llenar. No sé cómo pasé de estar sentada en un futón mirando a Frodo preparar su bolso para salir de La Comarca, a estar sin ropa inmovilizada en la cama de un tipo que no entendía que quería irme a mi casa.
Fueron minutos en tiempo real, pero en mi mente fueron horas. No dejaba de repetir que me quería ir, que necesitaba irme a mi casa, que me estaba por pasar a buscar una amiga, que el novio de mi amiga estaba llegando. Ya me había quedado sin frases para pedir por favor que paré. No paró. No se cuidó. Y la sensación de tenerlo adentro mío, es algo que al día de hoy me conmueve a la hora de tener intimidad (y eso que hace seis años estoy en pareja - el cuál no sabe nada de lo sucedido, más que "con esta persona tuve una muy mala experiencia"). Cuando él decidió que ya había terminado, junté mi ropa y mis cosas, me vestí con lo justo y necesario y salí corriendo de la casa. Recuerdo sentarme en la esquina de la escuela y llamar a mi amiga para que me vengan a buscar con su novio. Recuerdo que llegaron y yo tenía marcas en las muñecas y brazos. Recuerdo que me preguntaron qué pasó y no contesté. No contesté porque estabamos por salir de viaje para Buenos Aires, por primera vez como amigas viajábamos solas a ver a nuestra mejor amiga que vivía allá, y decidí que no iba a arruinar el viaje.
Cuando llegamos a Buenos Aires, lo primero que hice fue bañarme. La ducha más larga y triste de mi vida. Llorando, tratando de sacarme el perfume y todo lo que me hacía sentir impura, sucia, indigna. En un momento de lucidez, recuerdo decirle a mi amiga que necesitaba ir a una farmacia a comprar ibuevanol. Y todos sabemos que no compré ibuevanol. Compré la pastilla del día después, y no llegué a salir de la farmacia que ya la había tomado. Necesitaba asegurarme que nada iba a pasar y que no iban a quedar secuelas de los sucedido. Porque así pensaba un adulto joven de 22 años, que tan sólo le tenía miedo a quedar embarazada.
Pasaron los días, meses, años, hasta el día que lo conté por primera vez a mi mejor amigo, con cerveza de por medio, el mismo día que Thelma Fardin en cadena nacional contaba el abuso y violación que había recibido por parte de Juan Darthés. Recuerdo ver la transmisión y llorar, llorar mucho. Y no lloraba por empatía, lloraba porque inconcientemente sabía que lo que ella contaba, era lo que me había pasado a mí con esta persona. Vale aclarar que luego de esa noche, él siguió actuando como si nada, queriendo que volvamos a vernos y yo mediante la excusa que se me ocurra, cancelaba y nunca estaba disponible.
Hace unos años empecé terapia por otras situaciones, y un día se me vino a la cabeza la situación, y se la comenté a mi psicólogo, quién no me obligó a contarle, sino que me dijo que cuando esté lista y quiera, le cuente lo que había pasado. Todavía no le conté con detalles, quién lea esto será quien se entere por primera vez y con lujo de detalles lo sucedido. Con el pasar de los años, no logró poder decir lo que sucedió, sí relatarlo y escribirlo, pero no puedo ponerle nombre, por miedo a lo que me pueda llegar a suceder a nivel emocional o mental. No nos olvidemos que además de trastorno de ansiedad, esta adulta de 30 años es una PAS (persona altamente sensible a estímulos sonoros, lumínicos y emocinoales), por lo que yo misma tengo que cuidarme de mis pensamientos, acciones, lugares que visito, y hasta imágenes que observo.
Hoy lo conté. Hoy lo escribí. Hoy lo dije. Pero no voy a escribir la palabra que todos piensan cuando se enteran. Porque no soy una víctima. No me siento víctima. Sí, sufrí muchísimo tiempo y sigo sintiendo secuelas de aquella noche. Pero por el momento, seguiré con el rumbo de mi vida, como si nada hubiese pasado. Hasta ahora me viene funcionando bien, pero veremos más adelante.
Si llegaste hasta acá leyendo, tengo que pedirte que no me tengas lástima, que no me mires con otros ojos. Porque todos estamos un poquito rotos por dentro. Sí te voy a pedir, que si tenemos la confianza suficiente, la próxima vez que me veas, me abraces. Fuerte, y no me sueltes. Porque eso es lo que cura un corazón roto.
Gracias por leerme. Entre lágrimas, dejé salir lo más oscuro de mi alma, y lo plasmé en un texto un poco mal redactado, pero sincero, honesto, y soltando una mochila de dolor que me viene pesando hace mucho tiempo.
Comentarios
Publicar un comentario