Desde chiquita que la lluvia tiene un efecto particular en mí. Relajante, renovador, inspirador. Es algo que es muy difícil de describir, sobre todo si la lluvia viene acompañada de pequeños truenos que suenan a lo lejos y le dan ese toque de paz natural que lleva consigo. No es en vano que gracias a sonidos de lluvia y tormenta pueda conciliar el sueño profundo.
Por supuesto que cada vez que hago un punto y aparte es por un motivo especial. Y más que especial, es un motivo que me mueve y desarma todas las estructuras de soporte emocional que logré levantar en estos últimos tiempos. El último hombre que me quedaba en mi vida. El último hombre con el que he pasado horas en silencio sin que sea incómodo. El único hombre que me decía las cosas de frente sin problema alguno, que me mostraba lo crudo de la realidad y me hacía reflexionar sobre cada decisión previo a tomarla. Él. Mi abuelo materno. Falleció.
Todo fue muy rápido. El viernes estaba desayunando, raro ya que estoy en modo vacaciones, y preparándome porque a las 10.30 venía mi pequeño Eli a hacer su examen final, cuando me vuelve a llamar mami. Me pareció raro, porque ya habíamos hablado más temprano, y generalmente me llama después del mediodía. Cuando atiendo, siento ese frío y esa sensación en el estómago de que estaba a punto de escuchar una mala noticia. "Maquita, vení a casa, el abuelo" fueron sus palabras. Las únicas que necesité mientras caminaba por la cochera del edificio a abrirle a mi sobrino, para saber que lo peor había pasado. Me acerqué al auto, le comenté la situación a Pau, y así fue como subí al departamento, ordené rápido al mismo tiempo que llamaba un remis. Llovía, así que me costó conseguir un remis. ¿Por qué no ir en el auto? Porque Pato se había ido al trabajo manejando más temprano, y por lo tanto no lo tenía. Además, creo que tampoco hubiese podido manejar en ese estado de pausa semi piloto automático. Llegando a casa, veo el auto de Caro en la puerta, y tuve la confirmación que necesitaba. Caro nunca va temprano a la casa de mami, y si estaba ahí, no era por buenas noticias. No pude llorarlo. No pude procesarlo. No pude verlo. Simplemente, recibí la noticia, pasó el viernes y el sábado a la mañana ya estaba con Cande y Leo en el auto, yendo al crematorio en Concepción del Uruguay. Porque él siempre dijo, que en cuanto se moría, lo llevemos al crematorio y al río. Ahí pude ver por primera vez el cajón. Me pareció chiquito, como si mi abuelo no estuviera ahí. ¿Cómo podía mi abuelo caber en un espacio tan chiquito? Me acerqué al cajón, y noté que ni siquiera tenía su nombre. Me sentí como en un lugar vacío. Sentí que no tenía que estar ahí, que no era un velatorio o momento en el que yo tenía que ser partícipe. Cuando nos dieron la urna, con las cenizas, mami las cargó en el auto de Caro, y yo volví con Cande y Leo. Llegamos a Colón, fuimos a la explanada del Quirinale, y lo dejamos ir. Pero... No lo dejé ir. No puedo dejarlo ir, si todavía no me senté a llorarlo. No puedo ni entiendo como pudo haber pasado si no tuve tiempo siquiera de digerir la situación. Sí, estoy triste, estoy conmovida como nunca. Ataques de ansiedad o pánico. No puedo dormir en la noche. Me cuesta muchísimo acostarme a dormir. Es como si la cama no me llamara. Estoy tomando las gotitas, pero no me hacen efecto. El sábado tuve que tomarme seis gotitas para poder dejar de pensar y al menos sentarme a mirar la tele un rato. Cada vez que prendía la tele, me quedaba en pausa
Ahora pasaron varios días. Sigo igual. Pensando en muchas cosas al mismo tiempo, sin poder concentrarme siquiera en escribir este párrafo. Para escribir dos renglones me tardo cerca de dos minutos. Y no es por no poder pensar o no tener en mi mente lo que quiero decir, sino que necesito que mi cerebro y mi mente descansen para poder bajar todo lo que quiero decir.
Es una casualidad algo loca que justo el jueves previo a ese día, yo haya tenido que ir al psicólogo y por mi maldita fobia a caminar sola en la calle, lo haya cancelado. Siendo que quizás hasta lo habría necesitado. Pero, ¿cómo iba yo a saber lo que iba a pasar al día siguiente?
Es al día de hoy que me duele pensar que podría haber visitado al abuelo todos los días, si ya estaba de vacaciones, me pregunto a diario por qué no fuí a verlo, por qué no me hice un rato y me acerqué hasta el hogar a estar con él, a disfrutarlo, como siempre hice. Sé que no tengo que sentirme culpable. Pero la última vez que lo ví, nos dijo que no quería que vayamos más a verlo, porque no quería que le tengamos lástima. Me dolió, y me duele pensar en todo eso. Porque no hay un ser un humano en esta tierra que haya sido tan bueno, compasivo, comprensivo y sobre todo dadivoso con todo el mundo. El menos materialista. ¿Necesitás puchos? El abuelo te da. ¿Necesitás plata? El abuelo te da, pero ojo, no se te vaya a cruzar por la mente devolverle algo de lo que él te dio, porque si te lo da, es porque puede, quiere y tiene. Me acuerdo que cuando me mudé por primera vez al departamento de Darío con Pato, le pedí si me prestaba para pagar un mes de alquiler, obviamente, sin dudarlo me dio la plata. Cuando cobré lo de mi trabajo en el Programa PRESENTES, quise devolverle, porque no soy de las que piden que le regalen plata ni nada, y nunca lo había visto enojarse. Me dijo que si le daba la plata, nunca más me hablaba. Y le tuve que comprar un regalo, obvio. Eso sí. Chocolates, tortas, piononos, siempre cosas dulces, las recibía y degustaba sin problema alguno.
Ese era mi abuelo, el que sufrió el desamor más grande que pueda una persona vivir, y se dejó consumir por eso. Pero nunca, jamás dejó de ser un excelente ser humano, con un sentido del humor demasiado ácido para muchos. Peronista de los de antes, de los fanáticos que si criticabas el peinado del comandante, te tiraban una puteada y si podían te re cagaban a trompadas.
Y así es como quiero recordarlo, porque es una de las mejores personas que se aparecieron en mi vida.
Hasta la victoria siempre abu, prometo putear a Macri todas las veces que sean necesarias y posibles, prometo militar el peronismo en cada suspiro y prometo por sobre todas las cosas, intentar ser mejor cada día para ser un poquito más parecida a vos. Fuiste, sos y serás leyenda viejo loco. Tu loca, te ama para siempre. Y para que lo sepas, nunca te tuve lastima, nunca me diste pena; al contrario, siempre me hiciste sentir extremadamente orgullosa de ser tu nieta mayor, y de ser parte de tu familia. Descansa en paz, que acá todas te vamos a recordar y extrañar siempre.
Comentarios
Publicar un comentario